Este tiempo presente que vivimos pudiera estar definido por problemas casi inéditos. Siempre ha habido desigualdad. Y esta desigualdad ha traído diferencias entre grupos que luego llamamos clases sociales. Pero hasta no hace mucho, estas desigualdad era gradual, con lo que quiero decir que había diferencias, pero estas eran más bien escalonadas. Claro que había diferencias entre las clases más altas y la clase media, como también las había entre la clase media y la clase más baja. Pero la pertenencia a una de estas caetgorías se ha vuelto tan poco segura como obtener una buena mano en un juego de cartas.

La clase media está fundiéndose con la clase más baja

Ocurría también que la clase más alta representaba el menor por ciento de la población, seguida por la clase media y finalmente, el grupo más numeroso era el formado por trabajadores y desempleados. Los más favorecidos por las riquezas siempre fueron el grupo menos numeroso. Lo que ahora está ocurriendo es que parte de la llamada clase media, la que pudiéramos clasificar como clase media baja, se está uniendo a la clase baja para formar un grupo aún mayor. Es decir, la clase media está desapareciendo. Y con ella el sueño de muchas personas de asegurarles un mejor nivel de vida a sus hijos.

Una buena educación no implica empleos bien remunerados

Una de las vías para conseguir estos sueños era a través de los estudios y que esta formación  les permitiera acceder a empleos mejor remunerados. Pero la educación se convirtió en un gran negocio cuando los gobiernos decidieron ayudar a todo aquel que quisiera acceder a ella. Proliferaron entonces las instituciones privadas que operaban con préstamos estudiantiles, y proliferaron las graduaciones. Y también los postgrados. Y carreras y postgrados que duran cada vez menos. Por esa razón, ahora todos quieren tener un curriculum lleno de títulos, que en el fondo han perdido su significación y que no aseguran habilidades o conocimientos. Y ha aparecido entonces lo que se ha dado en llamar inflación académica.